El congreso contra la nación dominicana.

domingo, octubre 4


El Congreso de la República se ha convertido en caja de resonancia de poderes fácticos y pactos políticos antidemocráticos.

En teoría los parlamentos –congresos, cámaras, senados, asambleas nacionales, etc- son una joya invaluable de los sistemas políticos democráticos. Son un poder independiente que resume a la representación popular, y por tanto sus integrantes son los portadores directos de esa voluntad, y en cuanto tal legislan. Pero eso es en teoría. En la práctica, salvo excepciones, los congresos se integran con políticos que controlan maquinarias electorales locales, insuficientes para ser presidentes, pero sí para alcanzar curules a nombre de alguna demarcación. Y consideran a sus curules como una inversión que explotan por derecho propio.

Por eso los parlamentos han sido poco apreciados por los ciudadanos y por los historiadores. A principios del siglo XX Weber se quejaba de que los parlamentos estaban abarrotados de políticos que vivían de la política (en lugar de vivir para ella) y un poco antes Marx se burlaba del “cretinismo parlamentario” como una propensión de sus integrantes a desconocer el rudo mundo real. En el presente siglo menos de un tercio de los latinoamericanos confiesan tener confianza en sus parlamentos.

En nuestro parlamento bicameral –cámara de diputados y senado- hay de todo. Hay legisladores de primera, que frente a todas las adversidades cumplen con sus deberes, representan a sus electores, legislan, fiscalizan, denuncian y se enfrentan a los poderes fácticos que secuestran la débil democracia dominicana. Y al hacerlo nos recuerdan que los parlamentos deben existir como condición para las democracias.

Pero estos legisladores de primera, como las pocas golondrinas, no hacen primavera. Porque lo que predomina en nuestro parlamento es lo inverso: diputados y senadores que viven del barrilito y otras prebendas, que votan aterrorizados –según confesión del presidente de la Cámara- cercenando los derechos de las mujeres y de las minorías, que se pliegan a los poderes fácticos y a las jerarquías partidistas –según el alegato de una diputada- como “borregos”, y sobre los cuales siempre pende la sospecha (justificada o no) del soborno y la corrupción, entre otras cualidades poco agraciadas. Algunos de ellos tienen antecedentes delictivos conocidos por todos como desfalcos de instituciones públicas, tráfico de personas, estafas y maltratos a terceras personas. Y por supuesto que no falta quien nunca va a las sesiones pero siempre cobra sus abultados salarios y prestaciones (barrilito incluido). E incluso quien haciéndolo reside fuera del territorio nacional. Como se dice por acá, una verdadera chulería.

Y finalmente hay algunos que combinan la locuacidad con la baja instrucción y la irresponsabilidad de una manera desastrosa. Todavía recuerdo a uno que al explicar su voto a favor de la vida inalienable desde la concepción, definía esta última como el momento en que “la esperma se desparrama por la vagina”, es decir que el pobre diablo confundía concepción con eyaculación, y desde esa confusión legislaba condenando a la muerte a muchas mujeres pobres que no pueden pagar por un aborto clandestino o realizarse uno en New York. U otro -un exconvicto que parecería extraído de una novela picaresca- que recomendaba a las mujeres dejarse caer seis veces de nalga en una escalera para abortar forzosamente sin violar esa joyita que se llamó artículo 30.

Ahora es también ese parlamento –convertido en Asamblea Revisora- el que está aprobando al vapor cuanto retroceso acordaron los líderes de la nueva derecha nacional –PRD y PLD- y recortando significativos espacios democráticos y liberales en aras de un esquema de gobernabilidad que se perfila autoritario y represivo.

La asamblea revisora ha traicionado las esperanzas de sectores muy amplios de la sociedad dominicana. Se acercan las elecciones, que son siempre una oportunidad para impulsar candidatos capaces y decentes que nos permitan mirar hacia nuestro parlamento con optimismo. O al menos, como mínimo, no votar por estos depredadores de la cosa pública.

Haroldo Dilla Alfonso



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