Enviado por: Sergio Reyes II. Una casona de ensueños, evocadora de agridulces agonías y arropada, en el presente, por un riguroso recogimiento de inusuales silencios, es la primera impresión que recibe el visitante, tras rebasar el Puente del Masacre y empezar a remontar la cuesta que le pondrá, en breves instantes, en contacto directo con la población.
Superada la empinada subida nos topamos con añosos mangales repuntando caminos de enlace con comunidades campesinas a las que antes sólo se llegaba luego de extensas jornadas a pie o a lomo de bestias de carga. Vistosas viviendas de diseño moderno que evidencian la bonanza adquirida en diversos escenarios por algunos destacados hijos de la población, han comenzado a surgir a ambos lados de la ruta de penetración y se repiten, a cada paso, en barriadas y estancias cercanas.
En contraste, resalta por su estatismo de dinosaurio, la estación gasolinera, que con su misma estampa de siempre se resiste a dar paso al progreso, a pesar de los pingues beneficios derivados de este negocio.
La gallera, con su habitual jolgorio de día de apuestas, de esperanzas y pasiones cifradas en las afiladas espuelas de gladiadores alados, nos transporta de vuelta a viejas historias de festivos triunfos o pesarosas derrotas, entremezcladas con furtivas visitas a pueblerinas mancebas, tras el irresistible apremio de secretas componendas encubiertas, las más de las veces, por el inseguro velo de lo prohibido.
Resistiendo el embate de los tiempos y la baja rentabilidad e inseguridad en que desenvuelven sus crianzas, la entidad que agrupa a los ganaderos se mantiene impertérrita, apostando al porvenir, confiando en sus propios recursos y mecanismos de defensa y autosuficiencia, más que en vanas promesas electorales o ineficaces controles militares.
Un considerable perímetro, que en principio fue extenso pero que en la actualidad ya se nota sobrepoblado (o sobre ocupado?) nos recibe con sus altas paredes revestidas de blanco. Allí reposan, en infinito descanso, los restos de los venerados nativos de estas tierras y de otros, como el preclaro intelectual Rafael Díaz Niese que, sin haber nacido en estos confines, hechizado por la acogedora belleza que adorna a la región, eligió como parada final en su recorrido por la existencia, el cementerio de este poblado de Loma de Cabrera.
Quizás como forma de retribuirle tan profundo sentimiento de apego, la comunidad bautizó, con su nombre, una calle y un plantel escolar, muy cerca de allí.
El primer tramo de la serpenteante carretera que corre entre serranías hasta el histórico Capotillo, su impresionante monumento y otras comunidades aledañas da inicio frente a un recinto de vetusta construcción con fachada retocada en camuflaje, el cual sirve de asiento a los institutos castrenses, en los que descansa la misión de preservar la Soberanía de la Nación.
Un incesante enjambre humano que se desprende de las llegadas y partidas de una de las terminales de autobuses local, nos indica que nos acercamos a La Placita, lo que de inmediato nos despierta el apetito por degustar un opíparo almuerzo de los que constituyen la especialidad de los atentos y diligentes dueños y el personal de la cafetería del citado establecimiento o, un poco mas adelante, alguna bebida refrescante, en D’Karla Music.
Vistosas tiendas, abastecidas de tejidos y mercancías, almacenes de alimentos y artículos del hogar, farmacias, ferreterías y tiendas de insumos y equipos para la agropecuaria, entre otros establecimientos, caracterizan a ‘La Loma’ de hoy, en una actualizada estampa que, sin menoscabar la nostálgica belleza costumbrista, evidencia su indetenible determinación de recorrer los senderos del progreso que exigen los nuevos tiempos. Sólidas entidades bancarias, crediticias y cooperativistas, asociaciones culturales, profesionales, comunitarias y una amplia pluralidad en el ejercicio del credo político o religioso así lo testifican. Y para darlo a conocer al mundo, avezados internautas de la región mantienen actualizada la información grafica y escrita a través de diversas páginas Web y un periódico digital.
El constante crecimiento poblacional ha dado lugar al establecimiento de nuevas barriadas con características propias y particulares puntos de referencia; no obstante, aun se mantienen como baluartes cimeros algunos lugares como el Hospital Ramón A. Villalona, el consultorio del Doctor Gil, el mercado y su bulliciosa y abigarrada concurrencia de días de feria, el estadio deportivo, escenario de multitudinarios eventos populares, los antiquísimos hornos de cocer cazabe, en la laboriosa comunidad de La Ceiba, las instalaciones de la antigua Manicera, hoy convertidas en Terminal de autobuses, el Parque Duarte, en la actualidad vistosamente remodelado y la emblemática Iglesia Nuestra Señora de la Altagracia, en uno de los puntos de mayor altitud del pueblo.
Aplastado penosamente por las pezuñas del progreso quedó el antiguo cine del pueblo, que, debido a su baja rentabilidad, al igual que en otros puntos del país, tuvo que ceder espacio a nuevas y más sofisticadas formas de diversión. Sin embargo, la nostálgica valoración de los amistosos encuentros y las innúmeras experiencias prohijadas bajo la discreta complicidad del modesto cine local jamás podrán ser superadas por las ofertas del modernismo.
Talvez por iguales razones vimos desaparecer unos anos atrás la fábrica de quesos que estuvo instalada en la entrada del pueblo, antes del Puente del Masacre. Los altos costos de la productividad, al parecer, condujeron al colapso a esta industria local, dejando para la añoranza la experiencia de las compras de diferentes y ricas variedades de quesos, ofertadas al público en el antiguo parador del establecimiento.
Y la evocación del deguste de estos productos lácteos nos transporta a las sabrosas borugas, batidas de frutas y los refrescos de variados sabores que encontrábamos siempre en la bodega de la inolvidable Fermina (qepd), a donde acudíamos a mitigar la sed y aplacar el inclemente calor de verano.
De tal suerte, navegando entre nostálgicos recuerdos que brotan en cada rostro y en cada detalle, desandando los pasos por calles que suben y cuestas que bajan, arropados por un acogedor ambiente pueblerino, contemplando bucólicas casitas saturadas de multicolores jardines y apetecibles frutales paridos y sintiendo la permanente vigilancia y la inmanente presencia, doquiera que uno vaya, de los emblemáticos cerros Las Mercedes y Chacuey, que custodian la ciudad por el norte y el noreste, nos dirigimos en tropel y cuestabajo, hacia el más preciado tesoro de la población: el paradisíaco balneario del Salto del Masacre.
Y ya establecidos en este lugar, contando con el suministro de refrescantes bebidas de todo tipo y la contagiosa y altisonante música, provenientes del centro de diversiones “Los Robles”, nos extasiamos admirando los robustos pedregones que ocupan la rivera y las azulosas y frescas aguas que caen en chorrera desde una altura aproximada de unos 10 metros.
De esta forma, chapoteando en los turbulentos remolinos que nos obligan a remontar la corriente como cuando éramos niños, nos dejamos atrapar por la fascinación y olvidar, aún sea por este día, los afanes y tormentos del tumultuoso presente.
Vamos de paso por la región que fue asiento y hogar de nuestros abuelos, la indómita y fascinante Loma de Cabrera, tierra del cajuil, el casabe y el yamaguí. Y, como dice ese idolatrado hijo de estas latitudes, el ‘Mayimbe’ Fernando Villalona, en una de sus sentidas canciones:
“ … aunque esté lejos, estoy contigo, con mi familia, con mis amigos, pueblo mío!!”.
sergioreyII@hotmail.com
06/07/2009; 8:55 p.m. NYC.
EN LA TIERRA DEL CAJUIL, EL CASABE Y EL YAMAGUI.-
lunes, junio 22
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